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La última percha

Cada mañana, antes de vestirse, abría el placard.

No buscaba ropa.

Las pieles colgaban de perchas anchas, ordenadas por uso.

La de su madre estaba a la izquierda. Era una piel tranquila, de hombros algo caídos, voz baja y una expresión paciente que sabía asentir incluso cuando quería irse. Tenía las manos suaves y los labios preparados para sonreír en el momento exacto.

La del trabajo estaba al lado. Más firme. Más erguida. El mentón apenas elevado. Los ojos parecían incapaces de cansarse.

Después venía la piel para salir con amigas, la piel para una cita, la piel para un amante, la piel para pedir algo, la piel para decir que no pasaba nada.

Había otras que ya casi no usaba.

Una, demasiado joven, conservaba una risa que le resultaba ajena.

Otra tenía la costumbre de pedir disculpas por todo.

La última percha del placard estaba vacía.

No recordaba desde cuándo.

Aquella mañana tenía que visitar a su madre.

Sacó la piel correspondiente y la extendió sobre la cama.

Se metió primero por los pies.

El cuerpo la recibió con una facilidad conocida. Las piernas, las caderas, el torso. Después introdujo los brazos y, por último, acomodó el rostro sobre el suyo.

Siempre era lo más incómodo.

Había que hacerlo despacio.

Primero la barbilla. Después las mejillas. Los párpados.

Alisó con dos dedos una pequeña arruga junto a la boca y se miró al espejo.

—Así está mejor —dijo.

La voz salió dulce.

Su madre habló durante dos horas.

Le contó cosas que ya le había contado. Le preguntó si estaba comiendo bien. Le dijo que debería cortarse el pelo. Le recordó que una mujer no podía vivir de cualquier manera.

Ella sonrió.

Asintió.

Incluso se rio en uno de los momentos previstos.

Cuando volvió a su casa, cerró la puerta con llave y se quitó la piel en el pasillo.

La dejó caer al suelo.

Anubis apareció desde la cocina y se frotó contra sus piernas.

—Hola, gordo.

Su voz desnuda sonaba distinta.

No era especialmente dulce ni firme. No intentaba convencer a nadie.

El gato levantó la cabeza.

Ella se agachó y Anubis apoyó la frente contra la suya.

Era el único momento del día en que no necesitaba elegir un cuerpo.

Con él podía andar por la casa sin piel.

No se miraba en los espejos.

Nunca había sabido exactamente qué mostraban cuando estaba así.

A veces distinguía una silueta. Otras, apenas una sombra translúcida. Había noches en que creía ver un rostro debajo de todos los rostros, pero, si se acercaba demasiado, desaparecía.

No le preocupaba.

Mientras Anubis la reconociera, bastaba.

Los días pasaron.

El lunes usó la piel del trabajo.

El martes, la de alguien que escucha.

El miércoles, la de una mujer a la que nada le importa demasiado.

El jueves recibió a un hombre.

Para él eligió una piel que hacía meses no usaba.

Era hermosa.

No porque tuviera mejores facciones, sino porque sabía mirar como si todo fuera posible.

La colocó con cuidado.

Cuando él llegó, la besó.

Ella sintió sus manos recorrer un cuerpo que conocía de memoria y que, sin embargo, no era del todo suyo.

Después, en la cama, él le dijo:

—Me encanta cuando sos así.

Ella estuvo a punto de preguntar así cómo.

No lo hizo.

La piel que llevaba no hacía preguntas de ese tipo.

Cuando él se fue, la colgó otra vez en su percha.

Tenía una pequeña rasgadura cerca del pecho.

Pensó que debería coserla.

No lo hizo.

Esa noche durmió sin piel, con Anubis enroscado contra su espalda.

A la mañana siguiente el gato no comió.

Tampoco esa tarde.

Ella lo llevó al veterinario con una piel práctica, eficiente, incapaz de quebrarse delante de desconocidos.

Dos días después volvió sola.

Entró en la casa cargando el transportador vacío.

Dejó las llaves sobre la mesa.

Abrió la boca para llamar a Anubis.

No salió ningún nombre.

Durante años había bastado con pronunciarlo para que, desde alguna parte de la casa, aparecieran unas patas, una cola, dos ojos que sabían quién era ella.

Ahora la casa no sabía quién había entrado.

Caminó hasta el dormitorio y abrió el placard.

Las pieles la miraron.

Por primera vez tuvo la impresión de que estaban vivas.

La de su madre sonreía.

La del trabajo mantenía el mentón alto.

La del amante parecía expectante.

La de las amigas tenía la boca apenas abierta, como si estuviera a punto de reír.

Se quitó la piel que llevaba.

La dejó en el suelo.

—Bueno —dijo.

Su voz desnuda tembló.

Esperó que algo ocurriera.

Nada.

Fue hasta el espejo.

La superficie le devolvió una forma borrosa.

Se acercó.

No encontró ojos.

Ni boca.

Ni una nariz que pudiera reconocer.

Retrocedió.

Abrió otra vez el placard.

Probó la piel de su madre.

No.

Se la quitó.

Probó la del trabajo.

Tampoco.

Después la del amante.

La de las amigas.

La que sabía seducir.

La que sabía esperar.

La que nunca decía que estaba cansada.

Una tras otra fueron cayendo al suelo.

El dormitorio empezó a llenarse de cuerpos vacíos.

Ella respiraba cada vez más rápido.

—¿Cuál era?

Nadie respondió.

Revisó las perchas.

Sacó las que estaban al fondo.

Encontró rostros que no recordaba haber usado.

Uno lloraba con facilidad.

Otro parecía feliz.

Uno tenía miedo.

Otro no esperaba nada de nadie.

Se los probó todos.

Ninguno le quedaba bien.

Entonces vio la última percha.

La vacía.

Nunca le había prestado verdadera atención.

Se acercó.

Había una pequeña etiqueta atada al gancho.

Pensó que sería una marca, una fecha, alguna indicación que hubiera olvidado.

La giró entre los dedos.

En la etiqueta estaba escrito su nombre.

Se quedó mirándola.

Después miró las pieles amontonadas a sus pies.

Recordó que Anubis nunca había necesitado leerlo.

Después eligió una de las pieles del suelo.

La que mejor fingía estar viva.

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