Amor y fantasmas en la misteriosa Buenos Aires

La marca de Caín

“El celo es la envidia al revés” Roberto Arlt

Afuera, las consecuencias que había dejado una tormenta implacable. En el interior las consecuencias de otra tormenta más violenta que azotó despiadada y fatal.
En el centro del salón inmenso, tres féretros contenían los cuerpos de los hombres Rocatagliatta: un padre y sus dos hijos mellizos, que dormían una muerte que había llegado demasiado temprano. Los murmullos cesaron de golpe cuando en la puerta se dibujó la silueta de una joven mujer. La luz tenue no permitía verle el rostro con claridad, pues se escondía tras el velo negro, pero todos sabían que quien estaba cruzando la puerta era Celina Amparo Zick, y esa presencia iba a dar que hablar.
Entró a paso lento, enlutada y altiva. Sus cortos dieciséis años no le impidieron lucir como una mujer intensa, que llevaba consigo los secretos más oscuros de esta historia. Miró a todos a los ojos, pero no saludó a nadie. Se detuvo unos metros antes de cruzar la arcada que separaba las salas y tuvo el coraje de arreglar los pliegues de su vestido y acomodarse el cabello. Después, entró soberbia y silenciosa y se ubicó en medio de los mellizos, colocó una mano en cada ataúd y giró la cabeza a ambos lados para dedicarles una lenta mirada a cada uno. Algunos aseguran que con cada mirada también les dedicó media sonrisa, en un gesto casi imperceptible que quedó oculto por el tul negro que cubría su rostro.
Celina llevaba en la sangre eso de no involucrarse nunca en un juego limpio. Siempre sintió una fuerte atracción por cruzar la línea que separa la frontera entre el bien y el mal. Por eso muchos creían que su presencia en el velatorio respondía a una necesidad de observar de cerca el resultado de una obra que era suya. Pero… ¿quién es Celina Amparo Zick?