Zona de Incendio

Este no es un lugar ordenado. Es una zona en donde pasa todo. Acá dejo textos que nacen de lo vivido, de lo que observé y de lo que todavía no termina de apagarse. Si entrás, no salís igual.

El poder no tolera lo que no necesita de él

Había aprendido a sonreír antes de entender por qué la miraban. La eligieron por algo que nadie supo nombrar sin reducirlo: no era belleza, no era obediencia…

Era una forma de luz que no pedía permiso.

La quisieron acomodar dentro de una arquitectura perfecta, donde cada gesto estaba previsto y cada palabra debía pesar menos que el sielencio.

El poder no ama lo que no puede controlar.

Lo rodea.

Lo encierra.

Lo vuelve forma.

Y ella, al principio, se dejó. No porque fuera débil, sino porque todavía no sabía que lo que llevaba adentro no necesitaba de ese mundo para existir.

Pero hay luces que no aprenden a apagarse.

Cuando empezó a correrse apenas unos centímetros del diseño todo se tensó. No hubo gritos. El verdadero poder no grita. Observa. Espera. Y cuando algo no encaja, no lo corrige: lo asfixia.

Entonces aparecieron los ojos. Siempre habían estado, pero ahora pesaban.

No miraban: vigilaban.

No seguían: perseguían.

No admiraban: medían cuánto de esa luz podía volverse peligrosa.

Porque hay algo que el poder no tolera: que alguien brillen sin necesitarlo.

La noche que decidió irse no estaba huyendo de ellos. Estaba yendo hacia ella misma.

Dicen que fue un accidente. Dicen muchas cosas.

Pero hay finales que no son finales. Son advertencias.

Queda en ese corte abrupto una certeza que nadie dice en voz alta: el poder puede tolerar la belleza, puede tolerar la desobediencia, incluso puede tolerar la inteligencia que lo supera.

Pero no tolera lo que no necesita de él.

Y a eso, tarde o temprano, lo apaga.